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    Festival de Karlovy Vary 2016
    Festival de Karlovy Vary 2016

    El cadáver que llegó del mar

    crítica ★★★★ de Swiss Army Man (Dan Kwan, Daniel Scheinert, Estados Unidos, 2016).

    En un panorama cinematográfico dominado por interminables secuelas de grandes éxitos e intercambiables franquicias de superhéroes de cómic, siempre es de agradecer la llegada a las carteleras de una propuesta fresca y original, que no se parezca a nada visto con anterioridad y que siga sus propias reglas sin plegarse a ningún tipo de exigencia de los estudios en búsqueda de la comercialidad. Por fortuna, el cine más independiente sigue demostrando que la escasez de ideas es tan solo una excusa en la que se han escudado las grandes productoras para seguir explotando sus gallinas de los huevos de oro. Dan Kwan y Daniel Scheinert, pareja de cineastas con una larga trayectoria en el campo del cortometraje y los videos musicales, han conseguido llamar la atención con su ópera prima Swiss Army Man (2016), una inclasificable mezcolanza de géneros que van desde la aventura de supervivencia a la comedia "de colegas", pasando por la fantasía e, incluso, dejando una de las historias de amor más bizarras vistas en los últimos años. Una apuesta a contracorriente, muy libre y cargada de originalidad, nacida para dividir opiniones entre quienes acabaron prendados de su marciano encanto y quienes, por el contrario, se quedaron en la epidermis de la historia y acabaron horrorizados ante su generoso festival de escatología – con abandonos de la sala durante su proyección en Sundance– y aparente humor infantil. Por sorpresa, tras aquel lamentable suceso, la cinta logró alzarse con el premio al mejor director de drama en dicho festival, una inmejorable plataforma de lanzamiento para un producto modesto, cuyo mayor reclamo publicitario residía en el protagonismo de un Daniel Radcliffe totalmente alejado del personaje de Harry Potter que le hizo popular en todo el mundo. Su encarnación de putrefacto cadáver le hizo merecedor del galardón como mejor actor en el Festival de Sitges, donde Swiss Army Man también se hizo con los premios a mejor película y una Mención especial del Jurado Carnet Jove, imponiéndose a excelentes títulos coreanos como El extraño (Na Hong-jin), La doncella (Park Chan-wook) o Train to Busan (Yeon Sang-ho).

    La película se abre con las imágenes de diferentes objetos flotando en el mar, portadores de desesperados mensajes de socorro de alguien que dice haberse quedado atrapado en una isla desierta tras una tormenta. En sus escritos no se queja de hambre o sed, sino de aburrimiento por la soledad. A continuación veremos al protagonista de estos lamentos, Hank, tratando de quitarse la vida ahorcándose en un árbol. Una intención que se ve frenada cuando atisba un cadáver que ha llegado flotando hasta la orilla. Desde el instante en que el náufrago descubre que el recién llegado, sorprendentemente, aún tiene capacidad para pensar y comunicarse, ambos entablan una curiosa amistad que acaba con los días de hastío de Hank. Los guionistas juegan a la irreverencia y a la provocación en su profusión de ingredientes escatológicos, casi todos provenientes del estado de descomposición del muerto. Así, Hank se las ingenia para sacar provecho de las constantes flatulencias de su amigo –llega a utilizarlo como una suerte de moto acuática propulsada por pedos– y de sus incontrolables erecciones, tomando su pene como una brújula que le ayude a volver a la civilización. Puede que, sobre el papel, estas ideas puedan parecer tan demenciales que sea casi imposible sacar un buen filme de todo ello, pero sus responsables aciertan a darle, dentro de sus surrealistas planteamientos, una extraña lógica interna que hace que Swiss Army Man trascienda de la comedia descerebrada y repleta de gags físicos para convertirse en un tierno y muy sui géneris relato de amistad que, por momentos, roza la historia de amor homosexual (y necrófila, ahí es nada). Y es que, en medio de su humor negro y casi siempre desconcertante, la fábula de Kwan y Scheinert atesora interesantes reflexiones sobre el sentido de la vida, el amor, la familia, la soledad y, sobre todo, esas cosas que no decimos a los demás por miedo al rechazo, filtradas con sensibilidad en las existencialistas conversaciones que entablan Hank y Manny (como se llama este muerto muy vivo).

    por José Martín León
    marzo 15, 2017

    Crítica | Swiss Army Man

    por José Martín León | marzo 15, 2017

    Prueba vital

    crítica ★★★★ de Los exámenes (Bacalaureat, Cristian Mungiu, 2016).

    Este año el festival de Cannes contó en su selección oficial con dos películas rumanas, una de las cuales, Sieranevada (Cristi Puiu), fue objeto de un preestreno hace unos meses en los cines Golem, y gracias a ese evento tuvimos ocasión de reseñarla (crítica). Entonces comentábamos la moda que representa en los últimos años el cine de este país, sobre todo en los certámenes de élite donde gusta mucho su tendencia hacia un nuevo neorrealismo, que sirve tanto para dramatizar como para describir con pretensión de imparcialidad las dificultades que aún atraviesa su sociedad. Han transcurrido casi treinta años desde el derrumbe de la Dictadura y su constitución como república independiente del yugo comunista, pero sus habitantes siguen mirándose en el espejo de sus generaciones pasadas. En la susodicha cinta de Puiu era claro este dilema intergeneracional, al reunir a los distintos miembros de una familia en el piso del fallecido patriarca, para afrontar sus diferentes puntos de vista sociopolíticos y morales. E igual de meridiano se manifiesta este diálogo histórico en el nuevo filme de Cristian Mungiu, probablemente la punta de lanza del prestigio del que goza ahora la cinematografía de su nación, desde la Palma de Oro que cosechó en la Croisette por 4 meses, 3 semanas, 2 días (4 luni, 3 saptamini si 2 zile, 2007). En ésta se retrotraía a los últimos años de Ceaucescu donde narraba las penurias de dos mujeres para que una de ellas pudiera abortar ilegalmente; mientras que en su siguiente obra tras las cámaras, Más allá de las colinas (Dupa dealuri, 2012), ganadora de los premios al mejor guión y mejor interpretación femenina en Cannes, se quedaba en el presente pero siempre con ecos de tiempos anteriores, y con perspectivas de futuro fuera de una Rumanía decadente en su ortodoxia. El contraste entre esta última y la esperanza de una vida mejor es también el que sirve de eje a Los éxamenes (Bacalaureat), presentada de nuevo en el certamen galo con galardón incluido, esta vez a la dirección, aunque hay que adelantar que la tríada formada por ésta, el guion y la interpretación funciona con admirable armonía, y cualquiera de sus apartados podría haber sido premiado.

    La premisa es sencilla: un doctor afincado en una ciudad periférica con su mujer y su hija quiere que esta última acabe con buena nota su bachillerato, para confirmar una beca que le han ofrecido en una universidad inglesa. Es capital que ella salga del mundo en el que vive ahora y tenga mayores oportunidades que sus compatriotas, para lo cual sus padres la han mimado y educado desde joven, con clases particulares, actitud pedagógica y en general una gran dosis de proteccionismo familiar. Empero esta protección no impide que desde el comienzo se altere su comodidad de clase media alta, arrancando el metraje con una piedra anónima lanzada desde la calle que rompe la ventana de su salón. A este hecho aislado le sucederán otros, y en particular un intento de violación de la joven a punto de graduarse, crimen que pondrá en marcha un elaborado plan por parte de su padre para asegurarse de que, pese a ello, aquella pueda alcanzar su mentado objetivo. La trama agrupa entonces unos pocos días, los que duran los exámenes del título, en los que seguimos cada paso que da este hombre al que poco a poco se le desmorona el bienestar que con tanto sufrimiento pasado ha construido. En efecto, como hemos apuntado el panorama inicial es el de una familia acomodada y sin problemas aparentes, pero lo cierto es que éstos son numerosos: bien estando ya presentes, como el adulterio e incluso un hijo ilegítimo; bien siendo inminentes, como la separación, el acoso y la pertinente investigación criminal que en lugar de dirigirse hacia el causante de aquel, acaba implicando a sus propias víctimas. Sin adelantar más acontecimientos, es oportuno describir así los principales puntos del guion para revelar la sabiduría con la que Mungiu lo ha diseñado, aunando una constante verosimilitud con un suspense y una fatalidad propios del relato que, como decíamos al principio, no se contenta con dibujar un paisaje gris y conocido, sino que lo estiliza de forma casi imperceptible.

    Bacalaureat
    Bacalaureat

    Todos los elementos expuestos permiten trazar, en unas limitadas coordenadas espaciotemporales, toda una metáfora de un país desde el prisma de unos individuos con una personalidad y unas interacciones propias y bien definidas, aun cuando en su conjunto quizás no nos esté contando nada nuevo.


    En este sentido, sorprende para bien que una historia con vocación tanto de melodrama como de denuncia huya de los golpes de efecto. En otras palabras, con todos los males que aquejan al protagonista, su tortura podría haber acabado siendo la única fuente de conflicto, y no escasean los momentos en los que podría haberse derrumbado y habernos contagiado su pesar con más claridad. Sin embargo, en consonancia con su estilo sobrio, el cineasta rumano se cuida siempre de no caer en esa tentación, evitando tales desenlaces aun contando con todos sus ingredientes. Por ejemplo, hacia el final de la película la mujer de un paciente recién fallecido, sobre el que gira ahora la apuntada pesquisa policial en perjuicio de su médico, visita a éste en su hospital, y en lugar de añadir cizaña y tormento, asume su mala suerte e incluso le da las gracias al cirujano por haber cuidado hasta donde pudo de su viejo marido. Lo hace por cierto en forma de compensación económica, detalle frecuente que es una de las costumbres de esta sociedad en la que acecha aún su falta de desarrollo. Mayores ejemplos encontramos en las confrontaciones entre este personaje principal y su sumisa mujer o el novio de su hija, resueltas con escasa hostilidad o pronto olvidada. Al mismo tiempo, la inmersión dramática es constante gracias a esos otros dos soportes de la cinta, como son por un lado las interpretaciones, destacando la del estoico Adrian Titieni al frente del reparto; y por otro la dirección de Mungiu, orquestada en torno a planos secuencia carentes de exceso y repletos de organicidad, aumentando la credibilidad y el empaque de la narración. En síntesis, estos elementos permiten trazar, en unas limitadas coordenadas espaciotemporales, toda una metáfora del país desde el prisma de unos individuos con una personalidad y unas interacciones propias y bien definidas, aun cuando en su conjunto quizás no nos esté contando nada nuevo. En cualquier caso, su suma conforma un memorable mosaico con fondo trágico, y a la vez con cierto optimismo que sale a flote a duras penas entre la resignación generalizada. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Rumanía, Francia & Bélgica, 2016. Título original: Bacalaureat. Presentación: Festival de Cannes 2016. Dirección: Cristian Mungiu. Guion: Cristian Mungiu. Productoras: Les Films du Fleuve / Mobra Films / Why Not Productions. Fotografía: Tutor Vladimir Panduru. Montaje: Mircea Olteanu. Diseño de producción: Simona Paduretu. Decorados: Anca Perja. Vestuario: Brandusa Ioan. Reparto: Adrian Titieni, Maria-Victoria Dragus, Lia Bugnar, Malina Manovici, Vlad Ivanov, Rares Andrici. Duración: 128 minutos. PÓSTER OFICIAL EN CASTELLANO.

    por Ignacio Navarro
    diciembre 07, 2016

    Crítica | Los exámenes

    por Ignacio Navarro | diciembre 07, 2016
    The teacher

    El final del camarada

    crítica ★★★ de La profesora (Ucitelka, Jan Hřebejk, Eslovaquia-República Checa, 2016).

    El último empujón que requirió la Caída del Muro de Berlín se produjo gracias a un error. Un dislate del miembro del SED Günter Schabowski, ante la pregunta de un periodista italiano acerca de la fecha a partir de la cual los ciudadanos de la RDA podrían viajar con relativa facilidad a territorios antes prohibidos. Su ya icónica respuesta “ab sofort” (“inmediatamente” o “desde ahora mismo”, en alemán) provocó una movilización popular masiva hacia los puestos de control fronterizo, cuyos incrédulos oficiales acabaron por ceder ante un entusiasmo de proporciones nunca antes vistas. Esta pequeña anécdota, excusa del desarrollo de un proceso bastante más complejo, cambió nuevamente la configuración del continente europeo del siglo XX, formando las bases del entorno en el que hoy vivimos. Sin embargo, el proceso sociológico, la transición de idiosincrasia se vivió en el ámbito íntimo de cada ciudadano con mayor lentitud. La confrontación entre dos modelos políticos enfrentados durante décadas dificultó una adaptación inmediata, muy al contrario de la ley derogada por Schabowski, en apenas dos palabras. La indefensión de los más leales al régimen comunista manifestó un cambio paradigmático. Desde ahora mismo el estado no se encargaría de regular toda la actividad humana, pública y privada. ¿Qué fue entonces de aquellos privilegiados, afines a la utopía? Probablemente, se habrán visto asolados por una angustiosa orfandad. En el límite de esta enorme agitación política, el cineasta Jan Hřebejk presenta una aproximación narrativa desde de una perspectiva muy particular, tomando una muestra de la población como sujeto de análisis a puerta cerrada. Y el resultado es más que interesante; la acertada decisión permite explicitar una cuestión política muy compleja desde un pequeño grupo de personajes insertados en la vida cotidiana de los últimos años de la URSS.

    La profesora (2016) presenta en su inicio el primer plano general de la fachada de un colegio en Bratislava, como presentación del espacio físico y sociopolítico en el que se desarrollará la acción argumental. La pared principal del recinto exhibe un cartel de elogio al Partido. Tras los muros, en el aula se presenta la nueva profesora. La maestra Drazdechova, que impartirá clases de matemáticas y ruso, pasa lista mientras anota en un cuaderno la profesión de los padres de cada uno de sus alumnos. Su cándido interés deriva sospechosamente hacia la solicitud de pequeños favores, alguna pequeña reparación del artesano, la ayuda ocasional de la peluquera o el contable, siempre apelando a la cordialidad y amabilidad humana hacia una viuda desamparada como ella. ¿Cuál es entonces esa sensación incómoda que suscita su inocencia? El diminuto detalle que falta en la descripción de la buena señora Drazdechova deriva hacia la presencia de su difunto marido, alto oficial del Partido Comunista. De repente, la gentileza con que la mayoría de padres se dirige hacia ella, se evidencia como puro miedo. Miedo a perder el frágil equilibrio de los sometidos, a sufrir una represalia directa en el futuro de sus hijos. Una desesperada reunión de padres con la directora del colegio pronto adquiere la categoría de (casi) complot, una conjura para encontrar algún método institucional que sea capaz de detener el progresivo avance de su creciente abuso de poder. De la misma manera que hacía Sidney Lumet en 12 hombres sin piedad (12 angry men, 1957), la deliberación nocturna de todos estos individuos pretende decidir el destino de aquellos ausentes. Cada uno de sus miembros ha tenido una experiencia propia en este delicado mercado de favores que la profesora lleva entre manos. Y su postura ética ante el asunto depende del tratamiento recibido. Los menos dispuestos a colaborar han sufrido las consecuencias del castigo despiadado a sus hijos, el elemento más frágil de la ecuación. Desde luego, llegar a quórum en un entorno tan delicado resultará prácticamente imposible.

    por Luis Enrique Forero Varela
    diciembre 04, 2016

    Crítica | La profesora

    por Luis Enrique Forero Varela | diciembre 04, 2016
    Little Men

    Los valores de unos individuos y su sociedad

    crítica ★★★★ de Verano en Brooklyn (Little Men, Ira Sachs, 2016).

    La dignidad de la persona es el valor sobre el que giran la mayor parte de las realizaciones que la acompañan, y por tanto para dotarla de efectividad se hace necesaria la acción de los poderes públicos con varias manifestaciones. En lo que aquí interesa, por un lado aparecen sus vinculaciones con el principio de igualdad, sin discriminaciones por razón de nacimiento o sexo entre otros puntos. Esta es una vertiente que ha tardado en hacerse efectiva, y todavía en la actualidad hay muchos ordenamientos que no reconocen el matrimonio homosexual, que sancionan sus prácticas e incluso llegan a condenar a muerte sus supuestas ofensas. Ciñendo un poco más el marco, en Estados Unidos no se llega a estos extremos, si bien hasta tiempos recientes había aún reglas arbitrarias que marginaban a esta parte de la población, y solo desde el año pasado se ha legalizado su casamiento en todos los Estados por imposición de la decimocuarta enmienda. La plena igualdad material cada vez está más cerca de conseguirse, pero todavía queda camino por recorrer. Por otro, procede referirse a otra exigencia de la dignidad humana, que también goza de reconocimiento expreso en varias Constituciones, como es la de la vivienda adecuada. Esta es una cuestión menos controvertida a lo largo de la Historia, pero igual de peliaguda por sus violaciones reiteradas en cada periodo de crisis y escasez, hasta el punto de que se discute si estamos ante un verdadero derecho o ante una simple directriz programática dirigida a la Administración. El caso es que esta se compromete a desarrollar una política de vivienda para que los habitantes de los núcleos urbanos puedan acceder a la misma, en la medida de sus posibilidades, lo cual se relaciona con trabas adyacentes relativas al funcionamiento económico o las cláusulas contractuales.

    Pues bien, es necesario resaltar ambos contextos para comprender la reciente filmografía de Ira Sachs, que a lo largo de sus tres últimas películas ha ido desplazando el foco del primero al segundo, pero manteniéndolos en constante sintonía. Si en Keep the Lights On (2012) nos encontrábamos con el drama intimista de una pareja de jóvenes y todas sus vicisitudes y desvaríos amorosos, convirtiendo el escenario de Manhattan en un mero background de su complicada relación; en El amor es extraño (Love Is Strange, 2014) la ciudad que no duerme cobraba mayor protagonismo, impidiendo vivir juntos a un viejo matrimonio recién formalizado, pues al ser despedido uno de sus integrantes del trabajo precisamente por este hecho, ya no podían costearse su apartamento. En la que ahora nos ocupa, Verano en Brooklyn (Little Men, 2016), el conflicto nace de la muerte del padre y abuelo de una familia que se traslada a su piso vacante, bajo el cual hay una tienda que también regentaba, y que lleva alquilada desde hace años por una mujer chilena (Paulina García) con quien el fallecido congeniaba mucho más que con su propio hijo (Greg Kinnear). El problema se plantea entonces porque esa amistad que se profesaban el antiguo dueño y su arrendataria había favorecido a esta con una renta muy por debajo del precio de mercado. Al llegar los herederos no están conformes con este acuerdo y pretenden elevar ese pago, que la susodicha inquilina no puede afrontar dados los escasos beneficios que le reportan su negocio de fabricación y venta de ropa.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 01, 2016

    Crítica | Verano en Brooklyn

    por Ignacio Navarro | noviembre 01, 2016

    El castigo de Hedoné

    crítica de La doncella (Agassi, Park Chan-wook, Corea del Sur, 2016).

    El deseo nos da la vida, y el deseo nos la quita. Park Chan-wook regresa a la dirección cinematográfica por medio de un estudio semicientífico, de gran rigurosidad y, sobre todo, aferrado a una estética de precisión inigualable, que toma como referencia monográfica el sexo y su forma de interpretarlo por las sombrías figuras que pueblan el perverso escenario contextualizado en la Corea ocupada por los japoneses en 1930. La doncella compone una de las grandes alegorías de la carrera de Park, ya que toma el erotismo y lo convierte en una metáfora del estilo de vida y las diferencias procedimentales entre hombres y mujeres. Seres condenados a la supeditación de sus acciones bajo el capricho de sus pasiones; cuanto más cercana es su percepción de la muerte, mayor es el deseo que emana de su comportamiento. El rechazo expresado por el director hacia el academicismo se hace patente con cada fotograma, con cada aliento contenido por un espectador en trance ante la manifestación más pura de la belleza que hemos visto en la gran pantalla desde hace mucho tiempo. Así, Park propone su arte como alternativa a la reivindicación de la expresión cotidiana y superficial del texto fílmico, asignando a sus personajes un papel categórico y unívoco dentro de un sistema cada vez más tendente a la ambigüedad genérica. El realizador se apoya en el arte erótico o, más específicamente, en el estudio del mismo, para llevar a cabo su planteamiento revisionista de los cánones de la maldad. Para dotar de un irrefutable valor teórico a su obra, además, se acoge a algunas de las más importantes teorías formuladas por los grandes ensayistas sobre la materia, como Herbert Marcuse: «La experiencia básica en esta dimensión es sensual antes que conceptual; la percepción estética es esencialmente intuición, no noción. La naturaleza de la sensualidad es la receptividad. El conocimiento mediante el hecho de ser afectados por objetos dados. Es gracias a su relación intrínseca con la sensualidad que la función estética asume su posición central. La percepción estética está acompañada del placer. Este placer se deriva de la percepción de la forma pura de un objeto, independientemente de su materia y de sus propósitos»[1].

    El concepto de forma pura es una de las mayores obsesiones de la película, cuya definición polisémica compondrá un juego de percepciones e intereses en función del sexo de cada personaje. Vemos que el hombre asume la sexualidad de manera lucrativa y perversa; en la figura masculina es donde se aprecia ese estudio sobre la maldad que el director ha realizado de manera milimétrica, cuidando cada detalle de la apariencia, respetando los cánones básicos de geometría, proporcionalidad y simetría. La mujer, por el contrario, entiende el sexo como un derecho, un privilegio que le ha sido concedido dada su perfecta naturaleza y su belleza, que se impone a la fealdad y la depravación del hombre, y del que no tiene miedo de hacer uso para su beneficio personal y privado. La mujer responde a las tretas maquiavélicas de los hombres con astucia y una sibilina maldad que no es inherente como la del hombre, sino que aflora en ella por supervivencia. La pureza para el hombre deviene en el estudio y la perfección del erotismo como materia de estudio, para la mujer, el esplendor sexual coincide con el punto catártico del orgasmo. Cuatro son los personajes clave que demuestran esta hipótesis, dos mujeres y dos hombres. La pareja femenina: señora y criada, parte inicialmente desde una posición comprometida y manipulada por la figura masculina. La señora ha crecido sometida por la despiadada y grotesca educación de un malvado anciano, mecenas de la sexología que se oculta en una cueva subterránea de depravación fetichista custodiada por una cobra amenazante. La criada, educada por una familia de timadores, ha caído en las garras de un astuto embaucador que pretende exprimir sus habilidades para alcanzar sus deplorables propósitos lucrativos.

    por Alberto Sáez Villarino
    agosto 06, 2016

    Crítica | La doncella

    por Alberto Sáez Villarino | agosto 06, 2016

    Más allá del Horizonte

    Las 10 mejores películas de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    Tras nueve días de un verano atípico en la República Checa, marcado por el frío y los nubarrones, concluye la 51ª edición del KVIFF. Una entrega que, quizá, no ha dejado la huella de otros años, pero sí buen cine. La importancia de la sección Horizons ha sido capital en esta afirmación. Las propuestas provenientes de Cannes, Sundance y Berlín han provocado numerosos llenos y, de paso, han roto esa primacía del cine eslavo, tanto en nacionalidad como en tonalidad, en la programación. Filmes como Captain Fantastic, Paterson, The happiest day in the life of Olli Mäki, Bélgica, The Handmaiden, Fuocoammare, Juste la fin du monde, Little Men o Toni Erdmann han generado largas colas y también los mejores comentarios del certamen. Todas ellas han iluminado una line up donde la competición ha dejado indiferencia. Tan solo La propera pell, Nightlife o la ganadora del Globo de Cristal, It’s not the time of my life, merecen figurar en los anuarios del festival; El último verano, a la que le auguramos un exitoso recorrido internacional, u All the sleepless nights han dado otro lustre a la parrilla de documentales; y en una paupérrima East of the West (con algunos de los peores trabajos exhibidos en los últimos tiempos en el circuito) solo la rusa Collector, con un soberbio Konstantin Khabenskiy, se ha revelado como una obra reseñable. El resto, «estilograma» plano. Pequeños presupuestos y pocas ideas, una constante entre los nuevos autores. Por suerte, aparecieron Xavier Dolan, Park Chan-wook, Jim Jarmusch o Ira Sachs para alegrarnos cada jornada. Nos despedimos de Karlovy Vary, una vez más, en la sala de prensa del Thermal. Rumbo a España. Hasta el año que viene. Díky.

    por Emilio M. Luna
    julio 09, 2016

    Las 10 mejores películas de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary

    por Emilio M. Luna | julio 09, 2016

    El Globo de Cristal vuelve a Hungría

    Palmarés la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary. 

    En nuestra última crónica, ya adelantábamos que la cinta magiar It’s not the time of my life había calado entre la prensa acreditada en el KVIFF. Finalmente, y pese a ser el último filme presentado, el sexto trabajo de Szabolcs Hadju se ha alzado con el Globo de Cristal a la mejor película. Segunda vez, desde la Revolución de Terciopelo, que la nación centroeuropea se lleva el máximo galardón del Festival de Karlovy Vary. Antes lo consiguió El gran cuaderno (A nagy füzet, János Szász) en 2013, un laurel que le valió representar a su país en los Oscars y ser estrenada en España. Será mucho más complicado que este psicodrama coral, articulado sobre la ambigüedad y unos excelentes diálogos, traspase las fronteras de nuestro país. Algo que, por otra parte, será el estigma de la mayoría de las propuestas exhibidas a concurso. La alegría de Szabolcs Hadju, además, ha sido doble ya que ha también ha obtenido al premio al mejor actor. Del resto de premiados, destacan los entorchados a Zuzana Mauréry, por su rol en The teacher –de nuevo Jan Hřebejk en el cuadro de honor—; el Premio Especial del Jurado para Ivan I. Tverdovsky –el futuro del cine eslavo— por Zoology; el recuerdo a Jan Nêmec con una mención especial a su The Wolf from Royal Vineyard Street; y el de mejor dirección para el esloveno Damjan Kozole por una de las gratas sorpresas de la sección oficial, Nightlife. Por otro lado, el cine español se fue de vacío. Una lástima, ya que contábamos con películas de un nivel superior a la media. Aun con ello, no se puede tildar al palmarés de injusto, el buen nivel general ha dominado un apartado al que le ha faltado una cabeza referencial.

    Globo de Cristal a la mejor película: It's not the time of my life de Szabolcs Hadju (Hungría).
    Premio especial del jurado: Zoology de Ivan I. Tverdovsky (Federación Rusa).
    Premio a la mejor dirección: Damjan Kozole por Nightlife (Eslovenia).
    Premio a la mejor actriz: Zuzana Mauréry por Učiteľka (The Teacher) (Eslovaquia).
    Premio al mejor actor: Szabolcs Hadju por It's not the time of my life (Hungría).
    Mención especial del jurado: The Wolf from Royal Vineyard Street de Jan Nêmec (República Checa). & By the rails de Cătălin Mitulescu (Rumanía).

    EAST OF THE WEST


    Premio East of the West a la mejor película: Skhvisi sakhli (House of others) de Rusudan Glurjidze (Georgia).
    Mención especial: Päevad, mis ajasid segadusse (The days that confused) de Triin Ruumet (Estonia).

    DOCUMENTALES / COMPETICIÓN


    Globo de Cristal al mejor documental: LoveTrue de Alma Har’el (USA).
    Mención especial: Ama-San de Cláudia Varejão (Portugal).

    PREMIOS PARALELOS


    Premio FIPRESCI: Original Bliss (Gleißendes Glück) de Sven Taddicken (Alemania).
    Premio del Jurado Ecuménico: Le confessioni de Roberto Àndo (Italia).
    Europa Award Cinema Label: Original Bliss (Gleißendes Glück) de Sven Taddicken (Alemania).
    Premio FEDEORA: Collector de Alexei Krasovskiy (Federación Rusa).
    FNE FIPRESCI: Nightlife de Damjan Kozole (Eslovenia).
    Premio del público: Captain Fantastic de Matt Ross (USA).
    President's Award: Jean Reno, actor.
    Globo de Cristal por su contribución artística: Willem Dafoe, actor.
    President's Award: Charlie Kaufman, director y guionista.
    President's Award por su contribución al cine checo: Jiřinu Bohdalovou, actriz.
    por Emilio M. Luna
    julio 09, 2016

    Palmarés del Festival de Karlovy Vary 2016: 'It's not the time of my life', de Szabolcs Hadju, Globo de Cristal

    por Emilio M. Luna | julio 09, 2016

    Llega la hora de la verdad. Esta tarde, sobre las 19:00 horas, conoceremos el cuadro de honor del KVIFF. Pronosticar sobre sus integrantes, atendiendo a la homoneidad tonal subrayada en días anteriores, es lanzar una moneda al aire. Si de calidad se trata, el Globo de Cristal debería partir hacia a España. Las representantes turca, eslovena y húngara tienen mucho que decir, por otra parte. Lo mismo ocurre en el apartado de documentales, El último verano es la favorita, aunque la frescura de All these sleepless nights la convierta en una contendiente de gran nivel. En East of the West no hay lugar para las dudas: Collector es el único filme exportable. Todo queda en manos de George Ovashvili –director de Corn Island, ganadora en 2014—, Maurizio Braucci, Eve Gabereau, Martha Issová, y Jay Van Hoy. A continuación, les dejamos con nuestro pronóstico. Recordar que, tras el anuncio del palmarés, publicaremos nuestra habitual clasificación con lo mejor de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    Globo de Cristal a la mejor película: La propera pell de Isaki Lacuesta e Isa Campo (España). Alternativa: My father's wings de Kıvanç Sezer (Turquía).
    Globo de Cristal al mejor documental: El último verano de Leire Apellaniz (España). Alternativa: All these sleepless nights de Michał Marczak.
    Premio East of the West: Collector de Alexei Krasovskiy (Federación Rusa).
    Premio especial del jurado: The Wolf from Royal Vineyard Street de Jan Nêmec (República Checa).
    Premio a la mejor dirección: Szabolcs Hadju por It's not the time of my life (Hungría).
    Premio a la mejor actriz: Martina Gedeck por Original Bliss (Alemania). Alternativa: Pia Zemljič por Nightlife (Eslovenia).
    Premio al mejor actor: Toni Servillo por Le confessioni (Italia).
    Mención especial del jurado: The teacher de Jan Hřebejk (República Checa) & Zoology de Ivan I. Tverdovsky (Rusia).

    Nota / Reglamento del Festival de Karlovy Vary: el Gran Jurado no puede dar más dos premios a un mismo filme. El jurado se puede reservar la opción de otorgar hasta dos menciones a películas acompañadas de una justificación.
    por Emilio M. Luna
    julio 09, 2016

    ¿Quién ganará el Globo de Cristal? Apuesta para el palmarés de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary

    por Emilio M. Luna | julio 09, 2016

    El fin del mundo

    Crónica de la séptima y octava jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    Con el dulce regusto que deja el final de la excelente Solo el fin del mundo, la nueva confirmación de Xavier Dolan como uno de los grandes directores del momento, y el elegante romanticismo de The happiest day in the life of Olli Mäki, la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary se acerca a su fin. Solo queda el epílogo: una jornada de reflexión y recuperación, el palmarés, los últimos flashes y vuelta a España. Concluyó la sección oficial con la proyección de This is not the time of my life y We’re still together. Como anunciábamos en crónicas anteriores, los adjetivos grandilocuentes no casan con una competición que, al igual que East of the West, se mueve en la más absoluta indiferencia debido a su homogeneidad narrativa y su carácter pedestre. Pocos filmes saldrán de la lucha por el Globo de Cristal con la suficiente fuerza como para abordar retos mayores. La propera pell y Le confessioni tendrán un recorrido amplio en Europa. El resto, buscarán un pequeño hueco en alguna cartelera limítrofe. El nivel global del KVIFF asciende, pero ninguna propuesta porta la magia necesaria para avistar, desde la lejanía, algo de emoción. Por otra parte, salvo contadas (y narradas) excepciones, a esta entrega le ha faltado La Película. Park Chan-wook, Jim Jarmusch, Xavier Dolan o Cristian Mungiu han dejado su impronta. Esperada, eso sí. La sorpresa ha tenido acento castellano. El de Miguel Ángel, ese nómada de la noche que transporta la ilusión por los lados más recónditos del centro peninsular en El último verano. También en la categoría de documental, los neoadultos de Michał Marczak nos trasladan a un periodo que sigue inalterable en nuestras mentes. Al igual que nuestro deseo que ver brotar una 52ª edición. Mañana les hablaremos del palmarés y de nuestras películas favoritas. Un poco antes, seguirá el cine. Cerramos con Maren Ade y Woody Allen. Qué mejor forma de decir adiós.

    por Emilio M. Luna
    julio 09, 2016

    Festival de Karlovy Vary 2016 | Días 7 & 8. Críticas: We're still together / It's not the time of my life / All these sleepless nights / Swiss army man

    por Emilio M. Luna | julio 09, 2016
    El equipo de Nightlife en Karlovy Vary

    Los límites de la cinefagia

    Crónica de la sexta jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    En el último día de la pasada edición, ya esperando la resolución del palmarés, que a la postre lideró la norteamericana Bob and the Trees, tres películas engrosaron el programa personal y se convertieron en el broche de la entrega número cincuenta: la rumana El tesoro, de Corneliu Porumboiu; la estadounidense Langosta, de Yorgos Lanthimos; y, la islandesa Rams, el valle de los carneros, de Grímur Hákonarson. Las tres completaban un listado de 36 cintas vistas en el certamen; una media de 4,5 al día. Por supuesto, en esa definitiva jornada el cansancio era ciclópeo, una losa que afectó a su visionado. De hecho, meses después, con su estreno en España, aterró su segunda oportunidad. Y, aunque la primera visión fue positiva, nada tuvo que ver con esa segunda cita. Sobre todo a niveles de disfrute. Un festival no es, quizá, el mejor lugar posible para establecer una opinión ponderada de una creación artística. Pesan muchos condicionantes, entre ellos, el capital, el tiempo. Por otra parte, hay películas que no están hechas para eventos de este calado por mucho que sea su principal parapeto. En la jornada de hoy ha pasado por nuestras miradas Exil, el nuevo documental del camboyano Rithy Panh. Al comienzo de la sesión habría unas 400 personas en el Narodni Dum. Al término, no más de 80. La desbandada fue de tal magnitud que no fue fácil concentrarse ante el bello poema de Panh. Y eso que este duraba solo 75 minutos. La gente se levantaba entre las risas cómplices de los valientes que permanecían impertérritos. Hubo espectadores que huyeron tres minutos antes de acabar, como si desconocieran la extensión del metraje del filme. Esto nos lleva a la última divagación de este prólogo: hay gente que no está preparada para disfrutar el cine de un festival. El KVIFF, por su carácter juvenil, atrae a muchos postadolescentes a sus salas. Y estos acuden con fervor, como un acto social más… hasta que se persona el sobresalto. Antes de todo ello, arriba esa iluminación estrellada tan en boga, apreciable desde un plano cenital. El cine se ha convertido en un acto mágico desde su frontalidad y un planetario desde su cénit. Hay que decir que el uso del teléfono móvil no es exclusivo en la República Checa (y, que conste, de la gente joven), ya el hablábamos de ello hace diez meses en el Festival de San Sebastián. Cuestión de reeducación… y de ojear el programa antes del primer fundido.

    por Emilio M. Luna
    julio 07, 2016

    Festival de Karlovy Vary 2016 | Día 6. Críticas: My father's wings / Nightlife / Complete unknown / Exil

    por Emilio M. Luna | julio 07, 2016
    Juste la fin du monde

    Epicedio appassionato

    crítica de Solo el fin del mundo (Juste la fin du monde, Xavier Dolan, Canadá, 2016).

    Si analizamos las consecuencias de ser un adolescente rebelde dentro de una familia con un importante déficit comunicativo y un deteriorado modelo educacional o, por emplear un término muy popularizado en estos días: disfuncional; la estadística cinematográfica plantea un dicotómico escenario: el primer supuesto, y el más pesimista de ambos, sería el caso de la autodestrucción. El joven, una vez agotados los recursos con los que escapó del hogar en busca de una utópica libertad con la que construir su propio yo, se vería abocado a deambular erráticamente solicitando la caridad del desconocido y, tras un período de frustración y descubrimiento del egoísmo hegemónico del ser humano, incapaz de aceptar la derrota por culpa de su arrogancia, terminaría por acercarse a una vida de prostitución y drogadicción con la que se iniciaría su espiral de sufrimiento y devastación —Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000); Oscura inocencia (Mysterious Skin, 2004)—. En el segundo caso, correspondiente a lo mostrado en la última película de Xavier Dolan, Solo el fin del mundo, el joven, sin unos principios liberales ni un orgullo tan marcado como el caso anteriormente expuesto, regresaría a casa tras el primer (o segundo) escarmiento, inhabilitado para desligarse de la perniciosa pero protectora presencia familiar. Con esta premisa, Dolan realiza una adaptación de La parábola del hijo pródigo, intertextualidad que sólo se verá reflejada en las formas, ya que el contenido revela un mensaje muy diferente al mostrado por las sagradas escrituras.

    Las madres siempre serán madres y, entre sus brazos, siempre habrá lugar para un hijo desconsolado. Empero, resulta mucho más fácil para ellas —y aquí ya nos referimos a la representación de la madre en la familia cinematográfica disfuncional— perdonar que escuchar. La madre de Louis no quiere oír lo que su hijo tiene que decir, y es muy posible que nunca se haya mostrado predispuesta a esta tarea. Su actitud es tan egoísta como cariñosa; no hay duda del amor que siente hacia su hijo, pero es un amor idealizado. Su visión de la realidad y del mundo es completamente subjetiva, de ahí se infiere su propia inmadurez e incapacidad para dejar que su hijo se exprese, que le cuente lo que pasa por su mente, puesto que en el fondo y desde el momento que cruzó el umbral de la puerta, tras doce años de ausencia, supo que las noticias que traía no le iban a gustar. El protagonista se está muriendo, padece una grave enfermedad de la que el director no ha querido dar detalles, aunque sí alguna que otra pista. Su madre es conocedora de esta situación, del mismo modo que los animales saben que se acerca un terremoto, incluso antes de que los detectores de ondas sísmicas puedan recoger actividad alguna, es un sexto sentido. Pese a ello, piensa que si las malas noticias no se pronuncian, no habrá consecuencias, nada podrá afectarla; no se da cuenta de que en realidad la propia ausencia de su hijo fue la consecuencia en sí misma de esta estrategia protectora. Su actual postura se asemeja mucho a la que mantuvo —especulativamente hablando— antes de su marcha, cuando cerraba las puertas de la comunicación a un desorientado adolescente en pleno proceso de descubrimiento personal al enfrentarse a una sexualidad “defectuosa”.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 06, 2016

    Crítica | Solo el fin del mundo

    por Alberto Sáez Villarino | julio 06, 2016

    Frémaux al rescate

    Crónica de la quinta jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    Termina el pase de prensa de la última cinta de Cătălin Mitulescu, By the rails. Independientemente de su valor cinematográfico, se trata de la enésima demostración de hieratismo gestual y semántico tan proclive en Karlovy Vary. El público sale con la cabeza gacha, aturdido; incapaz de formular una opinión categórica. Cuestiones tales como ¿La he visto antes? O peor ¿La he visto hace un par de horas? Se sincronizan extramuros. Pero en el interior, el asunto ya ofrece una avanzadilla con numerosas miradas al reloj, chivadas por el chirriar de los asientos, y los ya habituales ronquidos. El periodista checo tipo supera la mediana edad con creces y su vista suele superar el marco de la pantalla y situarse en el techo más de lo apetecible para sus parteners de butaca en al menos tres puntos cardinales. También son esos señores y señoras que puntúan a todas las creaciones de su país con cinco hermosas estrellas. Entre ellos, se mezcla el resto de la prensa internacional que este año ha aumentado su número considerablemente, con la participación de medios como Indiewire, The Playlist o The Hollywood Reporter. El KVIFF quiere expandirse y abrir sus horizontes al mercado estadounidense tal como hace el Festival de Locarno en agosto. Y si el magnetismo no llega con el cine, que sean las fiestas las que tomen el relevo. Las hay épicas, como las organizadas por Variety, Sundance y HBO (que este año ha facturado miniserie checa). Obligada cita para aquellos que buscan El Contacto o simplemente conocer las delicias de una ciudad con muchas alternativas. Pero, no nos desviemos. Hablábamos de la homogeneidad de las secciones principales, con la Competición e East of the West como estandartes. Hay que matizar que esta 51ª edición la sección oficial sube su calidad. Al menos a nivel general. Empero no lo suficiente para utilizar calificativos grandilocuentes. Y más cuando llegan al rescate propuestas de otras secciones. Este año hay nueve filmes que lucharon por la Palma de Oro del Festival de Cannes. El público lo sabe, y lo demuestra con grandes colas en cualquier sala. Sucedió con Jim Jarmusch y su Paterson y ayer con Park Chan-wook. The Handmaiden es un vigoroso exceso de más de dos horas y media que mantiene el interés hasta el final. Con el fundido a negro, los integrantes de la platea se miraban absortos. Algunos con gesto desencajado, otros eufóricos. El crítico sénior de Indiewire David Erlich comentaba en los aledaños que era «Porno absoluto para los seguidores de Park Chan-wook y, para los infieles, solo Porno». The Handmaiden no deja indiferente. Y al final eso es el cine: experiencias, recuerdos y, si es posible, opiniones. Solo hay algo mejor que ver cine: hablarlo. 

    A propósito de la notable The Handmaiden, Alberto Sáez Villarino le dedicó unas palabras tras su estreno en el Festival de Cannes: «[...] Utilizando la novela Fingersmith, de Sarah Waters, el realizador coreano se reivindica en su estatus trasgresor al adaptar a una de las escritoras contemporáneas más representativas de la ficción homosexual. El estilo de Waters, cercano por ineludible influencia al de James e incluso al de Goethe, se aprecia con facilidad en las relaciones entre los protagonistas y las exageradas manifestaciones sentimentales que se producen entre ellos. Park trata de desnudar a sus personajes de manera alegórica mediante el estudio del rostro y sus variaciones al enfrentarse a diferentes situaciones; con un estilo analítico similar al usado en 1688 por Jean de La Bruyère en su obra Les Caracteres ou les Moeurs de ce siècle, el coreano se acerca a la fisiognomía de sus protagonistas y los lleva al extremo de su resistencia psíquica y física por medio de una trama brutal que no da lugar a treguas, un romance que dejará al descubierto, no sólo el desnudo alegórico que comentábamos, sino también el físico y glorioso de sus protagonistas en un acercamiento a esa “pequeña muerte” que comentaba Bataille en su obra, Las lágrimas de Eros. Estructurada en tres partes, la cinta avanza sustentada por las diferentes perspectivas cambiantes de las dos protagonistas principales, quienes juntarán sus voces para componer una narración, que pasará de la objetividad inicial a la completa omnisciencia conforme nos acerquemos al final. Sin miedo a recrearse en los detalles, el ritmo será tranquilo en todo momento mientras va desenmascarando las claves de una trama que utiliza las analepsis de un modo francamente asombroso. De los flashbacks introspectivos de las protagonistas volveremos al presente fílmico, y de éste retrocederemos hasta el principio de la historia para, entonces, volver a contarla de nuevo desde otra óptica mucho más abierta. Las transiciones entre escenas se realizan con la misma delicadeza con la que las protagonistas acarician sus apolíneos cuerpos inmaculados. se alcanza, a partir de la segunda parte, un paroxismo apasionado inigualable, la pantalla es una fuente de erotismo y sensualidad fundamentada en lo detallista y sensual de la violencia carnal. El hombre, despiadado, lascivo, sexualmente corrupto y disfuncional, sólo busca el estudio de la estimulación concupiscente y su comercialización provechosa; la mujer, representación de la belleza perfecta, la pura voluptuosidad y la irresistible sexualidad, perseguidora incansable del sentimiento placentero y la estimulación sensorial; ambos bandos quedarán enfrentados en un violento juego de traiciones lujurioso, grotesco y extremadamente sensual. Las escenas de sexo, como no podría ser de otra manera, son rodadas con perfecta naturalidad y desinhibición carnal absoluta, una maravillosa forma de expresión erótica que nos conduce a un desenlace perfecto en el que el director fundirá, con una brillantez inenarrable, placer y dolor en un volcán de pasión, un yin yang homogéneo que absorbe la causa de la violencia para transformarla en una explosión de gozo». No hay lugar a dudas. Otra de las películas del año.

    por Emilio M. Luna
    julio 06, 2016

    Festival de Karlovy Vary 2016 | Día 5. Críticas: Waves / By the rails

    por Emilio M. Luna | julio 06, 2016

    Punch-Drunk-Love

    crítica de The happiest day in the life of Olli Mäki (Juho Kuosmanen, Finlandia, 2016).

    El cine sólo se atrevió a atentar contra la figura del héroe triunfador y contra la ortodoxa hegemonía del final feliz tras su romántica madurez. La llegada del cine moderno atrajo la mirada de los realizadores hacia la soledad y la desdicha del ganador que, en su inestabilidad emocional e inadaptabilidad social, se convertía de forma irremediable en un fracasado, tanto metafórica como literalmente. De algún modo, el mundo del boxeo ha sido el escenario perfecto para representar las analogías ideales del éxito y el fracaso, obligando a directores y guionistas a estudiar introspectivamente el perfil pugilístico en su intento de materializar la metáfora que más ha obsesionado a la sociedad contaminada por el sueño americano. El luchador es un ser atormentado por sus propios fantasmas cuya única vía de liberación se encuentra en esa violencia representada en forma de cuadrilátero. Mientras el resto de héroes de ficciones y pseudo-ficciones cinematográficas se rendían ante la posibilidad de la derrota, el boxeador era el único que no se dejaba doblegar y, si lo hacía, era disfrazando ese fracaso como si de una asombrosa victoria se tratase, al evidenciar las tremendas adversidades superadas —Rocky, 1976—. The Happiest Day in the Life of Olli Mäki supone un cambio radical de concepto y un atentado contra el ideal reconfortante y vigorizante de la dañada masculinidad del ciudadano medio. Desde el comienzo sabemos que Olli es un boxeador porque ha quedado explícitamente reflejado en la narración. Sin embargo su apariencia, desprovista de brillantes adornos y ropas de diseño, bien podría responder a la de un granjero, carpintero, o cualquier otro tipo de obrero sin pretensiones ni la urgente necesidad de demostrar su superioridad frente a otros machos.

    El director finés, Juho Kuosmanen, se alzó con el primer premio de la sección “Una cierta mirada” con una película sobre boxeo, sin boxeo (o casi). Para el realizador, lo importante de esta historia no se encuentra en los golpes o los entrenamientos, ni tan siquiera en la batalla introspectiva del luchador, sino en tratar de dar sentido al título del filme que, por los acontecimientos relatados, no va a ser fácil comprender. Así conocemos al protagonista, un boxeador anónimo que, de la noche a la mañana, se encuentra compitiendo por el título mundial de peso pluma. No sabemos si será el día más feliz de su vida pero, lo que está claro es que, sin duda, será de los más importantes. Como espectadores partimos de una posición prejuiciosa de rigidez e incertidumbre. Esperamos que las acciones ordinarias iniciales, la relación de Olli con su familia o los primeros encuentros con otros luchadores se salden con un estallido violento e incontrolable del protagonista; empero no será así. El carácter bonachón y simpático del boxeador nos mueve a relajarnos, a disfrutar con la cómica cotidianeidad del guion y con la puesta en escena evocadora de los años sesenta que, con un magnífico blanco y negro atemporal, nos permite contemplar los hechos de manera objetiva, con el conocimiento y la certidumbre de estar asistiendo a una historia circunscrita a una época determinada pero que, al mismo tiempo, es extrapolable a cualquier período, incluso al actual. Pronto aparece en escena la chica, de la que Olli se enamorará en el momento más inoportuno posible, quedando enfrentada de esta manera al manager del protagonista: Elis, un Marilyn Manson hipertrofiado que se impacienta a causa de la falta de disciplina mostrada por su boxeador estrella, la gran esperanza y héroe nacional.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 05, 2016

    Crítica | El día más feliz en la vida de Olli Mäki

    por Alberto Sáez Villarino | julio 05, 2016

    Fulgores efímeros

    Crónica de la cuarta jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    En la noche del sábado, en un pequeño paréntesis, paseábamos por una de las calles comerciales de Karlovy Vary, la T. G. Masaryka (sendero de ida al hotel en los dos pasados años), donde tocaba un grupo de centroamericanos (o lo aparentaban) canciones folclóricas en castellano. Le rodeaba una turba de mujeres bailando, moviendo sus caderas al compás de una música más propia de bodas. El regocijo era tal que parecía que los afortunados compañeros encontrarían el Olimpo sin demasiada demora. Y así los dejamos, en pleno desfile de feromonas que invitaba a un happy ending con mayúsculas. Unos quince minutos después, de retorno al trabajo, pasamos por el mismo lugar y allí estaba ese trío de trotamúsicos pero, esta vez, sin nadie alrededor. El efecto se había difuminado. Y tiene una explicación: a los checos les gusta el aroma latino, pero solo un ratito. Con el cine, en cambio, demuestran mayor fidelidad. Prueba de ello, ha sido el exitoso paso de Julieta por el Grand Hall: una cola enorme enrollaba al Hotel Thermal, esperando la aparición de sus protagonistas, Emma Suárez y Adriana Ugarte. En el interior, fue aún mejor con una gran ovación que coronó tres proyecciones finalizadas con aplausos. La crítica local, además, la ha valorado con holgura. Lo mismo ocurrió con dos películas de nuestro país a concurso. La excelente La propera pell (La próxima piel) –a la que le dedicaremos una crítica aparte— se postula como una de las principales favoritas al Globo de Cristal; su homóloga en el concurso de documentales, El último verano (desde ya firme candidata a la efigie con permiso de la polaca All these sleepless nights), atrajo a numerosos espectadores a su pase de prensa al Kinosal C en una hora cuasi maldita. Poco habitual en la sección, hubo también sonido de victoria como epílogo. Esta 51ª edición del KVIFF ha recuperado el vínculo checo-español que se había perdido los dos últimos años. Esperemos que en el palmarés les vaya mejor que a nuestros colegas compositores. Este día efímero en "España" lo completó una cinta danesa, Satisfaction 1720, otra muesca más de que, lejos de las apuestas seguras que ofrece el Festival (los trabajos provenientes de Sundance, Berlín y Cannes), la mayoría de sorpresas tienen cuerpo gaseoso.

    por Emilio M. Luna
    julio 05, 2016

    Festival de Karlovy Vary 2016 | Día 4. Críticas: The teacher / El último verano / Satisfaction 1720

    por Emilio M. Luna | julio 05, 2016

    Identidades

    crítica de La próxima piel (La propera pell, Isaki Lacuesta & Isa Campo, España, 2016).

    De todos los nuevos autores españoles surgidos a principios de este siglo, puede que Isaki Lacuesta sea el más camaleónico, quien ha cimentado parte de su carrera en saber cambiar de piel: desde el falso documental hasta la sátira política, pasando por documentales de mirada pausada y melancólica y ficción de denuncia a base de silencios. Sería difícil, y también injusto, colocar una simple etiqueta de género al cine del director gerundense. Parece que con cada nueva película se esfuerza por reformularse. Y de este modo, tras el fiasco que supuso Murieron por encima de sus posibilidades, ahora se adentra en el peligroso territorio del thriller acompañado en esta ocasión en las labores de dirección por la guionista y productora Isa Campo. Esta es, sin duda, su película más accesible, pero no por ello se acomoda en terrenos más complacientes y alejados del sello de autor. Y es que a La propera pell tampoco le hace justicia la simple etiqueta de thriller. Hay mucho más que eso, y una voluntad clara por querer desviarse de los mecanismos y estructuras típicos de la construcción arquetípica del género.

    El argumento podría parecer sacado de uno de esos telefilmes de tres al cuarto: un adolescente desaparecido hace ocho años en extrañas circunstancias vuelve a reencontrarse con su madre y sus familiares, muchos de ellos convencidos a estas alturas de que estaba muerto. Pero, ¿es realmente ser quien dice ser? ¿Este joven que ahora se hace llamar Léo es realmente el pequeño Gabriel que desapareció en el bosque años atrás? Con estas incógnitas, Lacuesta y Campo adoptan la forma propia del whodunit policial para aplicarlo al drama familiar y así construir lo que podríamos denominar un whoishe (¿quién es él?) que camina constantemente sobre el fino hilo de la incertidumbre. El gran acierto de La propera pell es conseguir que la duda planee en todo momento sobre todos los personajes. Incluso en los momentos de transición o donde la tensión supuestamente debería quedar en segundo plano (una simple conversación con amigos, una cena un lunes cualquiera en casa), el medido guión consigue sembrar la sombra de la sospecha, inocular un sentimiento de desconfianza seguido por una extraña sensación de empatía hacia el personaje de Léo/Gabriel (estupendo Àlex Monner, reivindicándose como uno de los mejores actores de su generación) que mueve constantemente la película hacia adelante y elimina de un plumazo las férreas estructuras de revelación de la información propias de los thrillers masticados y preparados. La propera pell se esfuerza en ir mostrando sus cartas poco a poco, sin prisa pero sin pausa, sin dejar un momento de respiro pero con la delicadeza del funambulista que sabe que cualquier paso en falso le puede hacer caer al abismo de la evidencia. Prefiere susurrar que gritar, como esas insistentes voces que parecen golpear la conciencia y la memoria de Léo/Gabriel. Y pese a todo, al mismo tiempo, se encarga de mostrar el posible reverso de todas esas cartas: ¿y si lo que estuvieras viendo no fuese más que una pantomima? Ese continuo sentimiento de duda se adhiere a un trágico pasado familiar que, como todo elemento de tensión, sobrevuela cada gesto y cada interacción de los personajes. ¿Qué relación tiene este joven con la tragedia que sacudió a la familia? Todo son preguntas e interrogantes que se van acumulando hasta el clímax final, donde se despejan todas de golpe en una secuencia brillante diseñada para dejarnos clavados revisitando las conclusiones (puede que erróneas) que hemos ido sacando a lo largo del metraje.

    Si en términos de género podemos decir que se sitúa entre las aguas del thriller y del drama familiar, la trama también nos lleva a un terreno de paso: a la frontera entre España y Francia, donde la belleza del blanco de la nieve y la tosquedad de los picos y peñascos crean una tonalidad de grises áridos y hostiles que, junto con las tomas largas e incisivas que buscan el gesto y la mirada de unos personajes que parecen también interrogarse a sí mismos, proporciona empaque y solidez a la propuesta. Un lugar donde los afectos se confunden con intereses, donde la forma de vivir en ocasiones se acerca más a lo primitivo que a lo establecido. Así es como Lacuesta y Campo vuelven a poner de relieve uno de los temas cruciales de los grandes thrillers de la historia del cine: la identidad. Una tema subyacente que afecta, sin duda, a los protagonistas: el personaje principal, la madre (Emma Suárez, dulce, frágil pero a la vez misteriosa), el tío (Sergi López, impulsivo, primario y receloso de la verdad)... pero que también se infiltra en la puesta en escena. La propera pell, al fin y al cabo, acaba también por proponer una nueva piel que dota de una identidad propia a esta melé de géneros y referencias. | ★★★★ |


    Víctor Blanes Picó
    © Revista EAM / D'A 2016


    Ficha técnica
    España. 2016. Título original: La propera pell. Dirección: Isaki Lacuesta, Isa Campo. Guión: Isaki Lacuesta, Isa Campo, Fran Araujo. Fotografía: Diego Dussuel. Duración: 100 minutos. Montaje: Domi Parra. Diseño de vestuario: Laura Gasa, Olga Rodal. Intérpretes: Álex Monner, Emma Suárez, Sergi López, Igor Szpakowski, Bruno Todeschini, Greta Fernández. Presentación oficial: Festival de Málaga 2016.

    Póster: La propera pell
    por Anónimo
    julio 05, 2016

    Crítica | La próxima piel (La propera pell)

    por Anónimo | julio 05, 2016

    Un gran adiós al Lobo

    Crónica de la segunda jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    No tardó demasiado en llegar. La lluvia hizo acto de presencia en la capital del Karlsbad acompañando a la apertura oficial de la Competición. Un apartado que, valga la paradoja, es una ruleta rusa dispuesta tanto a quemar retinas como a ofrecer la más rutilante de las sorpresas. La lucha por el Globo de Cristal, en realidad, es una simple batalla endogámica, cuyo premio, se puede quedar en una solitaria (y bella) efigie. Porque, como ya pueden intuir, el cine presentado en esta ciudad-balneario tiene un recorrido limitado y angosto por las carteleras europeas, si este llega. Si echamos un vistazo a las tres últimas ediciones, solo tres películas presentadas en la sección oficial han tenido la posibilidad de estrenarse en España. Hablamos de la notable Corn Island, distribuida en nuestro país por Paco Poch, que obtuvo el Globo de Cristal hace dos años; la anterior ganadora del galardón, la húngara El gran cuaderno; y Viva a la libertá (de Roberto Àndo, protagonista mañana). Bob and the trees, vencedora en 2015, avalada además por una buena acogida en Sundance, por ejemplo, no ha traspasado el Atlántico. Con esto, ¿estamos ante un evento abierto solo al cine experimental y de autor? ¿o es cuestión de calidad? Ambas respuestas son correctas. Las premieres del KVIFF tienen una nula exportación. Muchas ya se han estrenado en sus respectivos países sin dejar demasiada huella. Son los casos de Cătălin Mitulescu o Roberto Àndo. Aun así, hay motivos para la esperanza. Muestra de ello, ha sido la jornada de hoy. A primera hora de la mañana, probablemente el título más esperado del concurso: la obra póstuma de Jan Nêmec, The Wolf from Royal Vineyard Street, una docuficción sobre la Nueva Ola del cine checo que retrata un periodo muy interesante del cine europeo a finales de los años sesenta. Le siguió Original bliss, una cinta germana que comienza como un curso de autoayuda y termina como un cóctel explosivo sobre el aislamiento, la redención y la incomunicación. Ante tanta intensidad, habitual por estos lares por otra parte, se agradecen obras como Paterson, de Jim Jarmusch, quizá el largometraje más accesible de su carrera. Un trabajo maravilloso que nos invitar a habitar y soñar en él. Un homenaje al pequeño creador, ese que no pide nada a cambio; solo vive.

    Nuestro compañero Alberto Sáez Villarino ya nos habló de ella tras su paso por el Festival de Cannes: “Frente al bueno-bueno o al malo-malo del cine convencional (con notables excepciones), el director elabora una tipología híbrida, ambigua, muy en la línea del jansenismo de Bresson, quien, como Jarmusch, se atrevía a mostrar la infamia de ambos lados del sujeto. La bondad total no existe para este cineasta, como tampoco la maldad extrema. Aquí aparece la figura del conductor de autobús en su confrontación con el sueño americano. Un sueño al que se rindió tiempo atrás por el pragmatismo indolente de una vida llena de vicisitudes y fluctuaciones. El director somete al héroe a una inquebrantable y placentera cotidianeidad evidenciada tanto en las acciones propias del sujeto en su día a día, como en la propia estructuración episódica y rutinaria que divide la película en función de los días de la semana. La pareja de actores compuesta por Adam Driver y Golshifteh Farahani nos atrapa en su espiral de monotonía y placidez de tal manera que disfrutaríamos viéndolos deleitarse en su insólita sencillez sin esperar nada más de este filme que, no obstante, se verá alterado por el efecto avalancha que sepulta toda esa rutina a consecuencia del más mínimo cambio. El dibujo de la sociedad propuesta por Jarmusch se enfrenta directamente a la visión hegemónica masculina que Hollywood tiene del hombre atractivo, dinámico y merecedor de las más altas conquistas en el ámbito social y sentimental. Sin embargo se niega a encasillarlos con el estigma de los marginales por el amor que siente hacia ellos y la creencia en una clase media —utópica—; personas que aún no han terminado de borrar el sentido literal de la pregunta «¿Cómo estás?, y todavía tienen a bien ofrecer una respuesta sincera y no un simple intercambio de «bien, apártate de mi camino». El realizador traslada esta ausencia de dinamismo en sus personajes a su propia narrativa, impregnando cada escena de una quietud romántica que se afianza en una sucesión de planos abiertos con bastante tendencia al estatismo de la cámara. Existe una cuarta dimensión de la que no nos han hablado mucho: para algunos supone encontrar un refugio en un cuaderno en el que jugar con las palabras y crear obras poéticas eternamente anónimas, para otros se trata de establecer una dicotomía vital en función de un monocromatismo existencial. Para Jarmusch, esa indeterminada dimensión radica en las transiciones, los espacios que transcurren entre los diferentes capítulos de nuestras vidas y que muestran el vacío del tiempo, la banalidad y todos esos elementos no adscritos estrictamente a la diégesis, como un buzón de correos, una caja de cerillas, un perro humanizado y cabeza indiscutible de familia, un problema menos o una página en blanco que se presenta con el inmaculado albor de una nueva oportunidad.” Una de las grandes películas del año.

    por Emilio M. Luna
    julio 03, 2016

    Festival de Karlovy Vary 2016 | Día 2. Críticas: The Wolf from Royal Vineyard Street / Original bliss

    por Emilio M. Luna | julio 03, 2016

    Cantos de sirena

    Crónica de la primera jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    No existe nada peor que la música pop checa. Articulada sobre rimas y fusiones de diferentes estilos, es lo más parecido a una visita a un karaoke occidental a las tres de la mañana. Las melodías locales, en realidad, son una extensión del estatus cinematográfico del país centroeuropeo, anclado en un hieratismo tanto visual como narrativo y que tiene en Karlovy Vary la brecha para abrirse con timidez al resto del continente. Todo un reflejo del carácter e idiosincrasia de una nación que, por cuarto año consecutivo, nos ha acogido para dar cobertura a la 51ª edición del KVIFF. Un abrazo, con los citados acordes, que ponía fin a un viaje de ocho horas que tenía su punto de partida en el oeste de la península. Como ya hemos narrado en otras ocasiones, el trayecto desde el Ruzyne 2 de Praga hasta la capital del Karlsbad deja huella, aun con radiofórmula como fondo en el medio de transporte. En esta ocasión, y con unas ojeras que durarán al menos una semana, nos esperaba un nuevo centro de operaciones. El Malta Hotel, situado en la Kolonada, se halla justo en el epicentro del festival. En su parte frontal, pasa el río Teplá, guía y acompañante improvisado del visitante en la ciudad; en la trasera, un infinito mar de árboles que envuelven el centro longitudinalmente. El casco viejo contiene el aroma de las ciudades británicas; mezcla entre sobriedad y elegancia. Es el equilibrio entre el contraste que ofrece el paseo que va desde el Hotel Thermal, sede del Festival, y el gigante Grand Hotel Pupp, presente y pasado de una ciudad ya engalanada para su gran fiesta.

    Y sin dejar el leitmotiv musical a un lado, y tras la regulación burocrática, donde la organización del KVIFF demuestra que está muy por encima del resto de eventos, arribó el protagonista, arribó el cine. Y lo hizo con el ritmo y las coreografías de The lure, una rara avis proveniente de Polonia que no atrajo a demasiado público al Lazne III. Los asistentes quedaron atónitos ante un discodelirio con los suficientes detalles para apuntar el nombre de su directora. Ya al mediodía, tocaba el único pase de prensa del día, destinado a la apertura de la competición de East of the West con Collector, drama de intriga que vuelve a destapar las entrañas de la Rusia moldeada por Vládimir Putin. Justo después, turno para una propuesta esperada desde que fuera acogida en Sundance con comentarios sobresalientes. Little Men nos recuerda la sensibilidad de un cineasta como Ira Sachs, que se mueve en el drama íntimo con una soltura que abruma y emociona. Esta vez, con la relación de dos adolescentes como eje. Mucho más grandilocuente se presentaba la apertura oficial del Festival. Con Anthropoid recorremos las calles de Praga para asistir a una constante en el cine sobre la II Guerra Mundial reciente: los planes de eliminación de líderes nazis. La presentación del nuevo filme de Sean Ellis supondrá uno de los hitos mediáticos, junto a los homenajes a Jean Reno y Willem Dafoe, de esta entrega. La llegada del actor principal, Jamie Dornan, provocó la algarabía y algún otro desmayo entre una marabunta de espectadores y espectadoras que anhelaban inmortalizar la entrada al Grand Hall de Lord Grey. Y eso que el sol de Karlovy Vary decidió vestirse de gris. Esperemos que el fervor que sintió Dornan no sea preludio de ese calor húmedo e inmisericorde que ha azotado otros años a este coqueto balneario.

    por Emilio M. Luna
    julio 02, 2016

    Festival de Karlovy Vary 2016 | Día 1. Críticas: Anthropoid / Little men / Collector / The lure

    por Emilio M. Luna | julio 02, 2016

    Queda una semana para el comienzo de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary y ya se han completado todos los detalles: programación, invitados y jurados. En el primer caso, el titular que nos arroja es que será muy complicado elaborar la agenda del día. Hasta nueve películas que lucharon por la Palma de Oro de Cannes estarán presente en Horizons, entre ellas, la ganadora del Gran Premio del Jurado (Solo el fin del mundo de Xavier Dolan), el premio a la mejor actriz (Ma’Rosa de Brillante Mendoza), a la mejor dirección (Graduation de Cristian Mungiu) y el FIPRESCI (Toni Erdmann). No serán las únicas representantes cannoises en el KVIFF: el público checo podrá ver la ganadora de la Cámara de Oro (Divines), el galardón a la mejor dirección en Un Certain Regard (Captain Fantastic), la apertura de la 69ª entrega (Café Society), y las vencedoras en la Quincena de Realizadores y la Semana de la Crítica (Wolf and Sheep y Mimosas, respectivamente). Además, pasarán por el Grand Hall el Oso de Oro de Berlín (Fuocoammare) o cintas enclavadas entre lo mejor del año como Kaili Blues, Bella y perdida, United States of Love, Exil o A Lullaby to the Sorrowful Mystery, la carta de ocho horas de Lav Diaz. Cerrada una lineup de auténtico lujo, quedaba por saber quiénes entregarían el Globo de Cristal. Una labor encomendada a George Ovashvili –director de Corn Island, ganadora en 2014—; Maurizio Braucci –guionista de Gomorra y Reality—; Eve Gabereau –CEO de Soda Pictures, distribuidora anglocanadiense—; Martha Issová –ganadora del Globo de Cristal a la mejor actriz en 2008 por Night Owls—; y Jay Van Hoy –productor, entre otros, de filmes como Beginners, The witch, Ain’t them bodies saints y American Honey—. El jurado de East of the West lo compondrán: Carmen Gray, Tolga Karaçelik, Mikuláš Novotný, Agnieszka Smoczyńska y Yoshi Yatabe. El de la competición documental estará compuesto por Sigrid Jonsson Dyekjær, Hana Kulhánková y Laurent Bécue-Renard. A su vez, Karel Och, delegado general del certamen, ha anunciado a los invitados de esta edición. Por un lado se rendirá tributo a Charlie Kauffman y Willem Dafoe; por otro, pisarán la alfombra roja del Thermal personalidades como Sean Ellis, Jaime Dornan, Toby Jones, Adriana Ugarte, Emma Suárez o Sergi López. Antesala de posibles sorpresas que provocarán el júbilo entre los turistas y visitantes de la ciudad checa. Les recordamos que EAM estará por cuarto año consecutivo en Karlovy Vary para contarles todo lo que suceda en el festival rey del mes de julio.

    Horizons

    All Eyes and Ears de Vanessa Hope (China).
    Aquarius de Kleber Mendonça Filho (Brasil).
    Beasts of no nation de Cary Joji Fukunaga (USA).
    Belgica de Felix van Groeningen (Bélgica).
    Boris sans Béatrice de Denis Côté (Canadá).
    Captain Fantastic de Matt Ross (USA).
    El juez de Christian Vincent (Francia).
    Non essere cattivo de Claudio Caligari (Italia).
    Le fils de Joseph de Eugène Green (Francia).
    Fuocoammare de Gianfranco Rosi (Italia).
    Frenzy de Emin Alper (Turquía).
    A good wife de Mirjana Karanović (Serbia).
    Graduation de Cristian Mungiu (Rumanía).
    The handmaiden de Park Chan-wook (Corea del Sur).
    Juste la fin du monde de Xavier Dolan (Canadá).
    Julieta de Pedro Almodóvar (España).
    The Land of the Enlightened de Pieter-Jan De Pue (Bélgica).
    Life, animated de Roger Ross Williams (USA).
    Little men de Ira Sachs (USA).
    Ma' Rosa de Brillante Mendoza (Filipinas).
    On the other side de Zrinko Ogresta (Croacia).
    Paterson de Jim Jarmusch (USA).
    Rabin, the Last Day de Amos Gitai (Israel).
    Satisfaction 1720 de Henrik Ruben Genz (Dinamarca).
    Ma loute de Bruno Dumont (Francia).
    Fai bei sogni de Marco Bellocchio (Italia).
    Toni Erdmann de Maren Ade (Alemania).
    United States of Love de Tomasz Wasilewski (Polonia).

    Special Events

    Anomalisa de Charlie Kaufman, Duke Johnson (USA, 2015). [Tributo a Charlie Kauffman)
    Anthropoid de Sean Ellis (Reino Unido). [Inauguración)
    Café Society de Woody Allen (USA).
    The ear de Karel Kachyňa (Checoslovaquia, 1970).
    Lucie: The Story of a Rock Band de David Sís (República Checa).
    Pasolini de Abel Ferrara (Italia, 2014). [Tributo a Willem Dafoe)
    Wasteland de Ivan Zachariáš, Alice Nellis (República Checa).

    Another View

    Aloys de Tobias Nölle (Suiza).
    Barash de Michal Vinik (Israel).
    Communication & Lies de Lee Seung-won (Corea del Sur).
    Divines de Houda Benyamina (Francia).
    Exil de Rithy Panh (Camboya).
    Les premiers, les derniers de Bouli Lanners (Francia).
    Galloping Mind de Wim Vandekeybus (Bélgica).
    The Happiest Day in the Life of Olli Mäki de Juho Kuosmanen (Finlandia).
    Island city de Ruchika Oberoi (India).
    Kaili Blues de Gan Bi (China).
    Lantouri de Reza Dormishian (Irán).
    Bella y perdida de Pietro Marcello (Italia).
    A Lullaby to the Sorrowful Mystery de Lav Diaz (Filipinas).
    The lure de Agnieszka Smoczyńska (Polonia).
    Mimosas de Oliver Laxe (España).
    Motherland de Senem Tüzen (Turquía).
    One Week and a Day de Asaph Polonsky (Israel).
    Oscuro animal de Felipe Guerrero (Colombia).
    Sand storm de Elite Zexer (Israel).
    The student de Kirill Serebrennikov (Federación Rusa).
    Tramontane de Vatche Boulghourjian (Líbano).
    Underground Fragrance de Penfei (Francia).
    Wolf and Sheep de Shahrbanoo Sadat (Dinarmarca).
    Nunca vas a estar solo de Alex Anwandter (Chile).

    Midnight Screenings

    Blood Father de Jean-François Richet (Francia).
    Bone Tomahawk de S. Craig Zahler (USA).
    The Greasy Strangler de Jim Hosking (USA).
    Ai amu a hiro de Shinsuke Sato (Japón).
    The Laundryman de Chung Lee (Taiwán).
    Der Nachtmahr de Akiz (Alemania).

    Variety Critics' Choice

    Aaaaaaaah! de Steve Oram (Reino Unido).
    As I Open My Eyes de Leyla Bouzid (Francia).
    Death by Death de Xavier Seron (Bélgica).
    Les démons de Philippe Lesage (Canadá).
    The fits de Anna Rose Holmer (USA).
    Fourth place de Jung Ji-woo (Corea del Sur).
    Mellow Mud de Renārs Vimba (Letonia).
    Neon bull de Gabriel Mascaro (Brasil).
    Snap de Kongdej Jaturanrasmee (Tailandia).
    They Call Me Jeeg de Gabriele Mainetti (Italia).

    Pueden consultar el resto de la programación y horarios en la web oficial del KVIFF.

    51 KVIFF Póster
    por Emilio M. Luna
    junio 23, 2016

    Programa del 51º Festival de Karlovy Vary (II): secciones paralelas & jurados

    por Emilio M. Luna | junio 23, 2016

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